Un trabajo “seguro” me vació por dentro. Me enfermó. Me ensanchó el cuerpo y la culpa. Me hizo creer que aguantar era sinónimo de madurar. Me convencieron de que el sueldo fijo era un salvavidas cuando, en realidad, era la piedra atada a mis tobillos.
El día que me sacaron, no me liberaron: me arrancaron. Y dolió como un desgarro en el alma. Perdí rutina, identidad, la etiqueta que mostraba para que el mundo me entendiera. Me quedé a oscuras con una pregunta cruda: ¿quién soy sin eso?
La respuesta tardó. Antes llegó el miedo: a no pagar cuentas, a no ser “alguien”, a engordar no solo por comida sino por tristeza, por estrés, por tragarme palabras que jamás me dejaban decir. El cuerpo gritó donde la boca calló.
El primer mes fue un pasillo sin ventanas. Ordenaba cajones y desordenaba pensamientos. Hice listas ridículas para sentir control: “mandar CV, limpiar cocina, no llorar hoy”. Lloré igual. Me enojé conmigo por haber tolerado tanto, por haber aceptado migas y llamarlas banquete.
Después vino otra furia, más honesta: ¿por qué me elegí última tantas veces? Esa bronca me encendió. La convertí en combustible.
Empecé a construir sin garantías. A ponerle mi nombre a la puerta (aunque fuera imaginaria al principio). A probar, fallar, corregir, volver. A atender mi salud sin pedir permiso. A dormirme sin el nudo de los domingos.
Aprendí que lo “fijo” no era seguro; era solamente fijo.
Aprendí que la paz también es productiva y que la dignidad factura a largo plazo.
Aprendí que mi cuerpo no era el problema: fue el mensajero. Y le pedí perdón por haberle exigido rendir en guerra.
Me dejé de romantizar el sufrimiento. Elijo trabajos que no me enfermen, clientes que no me expliquen por qué valgo menos, horarios que no me roben el alma. Aprendí a decir “no” sin crónica roja. A cobrar sin temblar. A sostenerme cuando la cabeza susurra viejos mandatos de “agradecí lo que tenés y no jodas”.
No vine a ser buena empleada del dolor ajeno. Vine a ser dueña de mi tiempo.
Hoy, un año después, me miro y no soy la misma. Me va bien —no porque la vida se haya vuelto fácil, sino porque dejé de negociar con lo que me rompe. Me va bien porque tomé decisiones difíciles a favor mío cuando nadie podía garantizarlas por mí. Me va bien porque entendí que sí, puedo, y que además tengo otra carrera que jamás imaginé sostener con esta firmeza. Me va bien porque lo que hago me devuelve la cara con la que quiero despertar.
Este es mi exorcismo:
— Devuelvo el miedo heredado de creer que solo lo estable es valioso.
— Devuelvo la idea de que el cuerpo debe pagar la cuenta del estrés.
— Devuelvo la lealtad al sufrimiento.
Me quedo con la valentía que me sacó de ahí, con el hambre de vida que me hizo empezar desde cero, con la certeza de que lo seguro sin salud no es seguro.
No romantizo el pasado: me lastimó. Pero tampoco lo niego: me parió. Me obligó a elegir. Y elegí.
Elegí perder “eso” para no perderme a mí.
Si alguna vez vuelvo a dudar, leeré esto en voz alta:
No fue suerte; fue coraje.
No fue magia; fue trabajo.
No fue de un día para el otro; fue todos los días.
No me rescataron: me rescaté.
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