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sábado, 26 de julio de 2025

La que sostiene la

Cuando la que lo sostiene todo también se está cayendo

Crecí viendo a una mujer que no paraba nunca. Que no tenía tiempo para sí misma porque siempre había algo que hacer, alguien que cuidar, un conflicto que apagar, una casa que mantener en pie, unos hermanos que no sabían valerse por sí mismos.

La vi posponer su descanso, su paz, su vida… por otros. Como si ella hubiese nacido para ser el sostén de todos, incluso cuando nadie la sostenía a ella.

Desde chica, lo notaba. Siempre estaba para todos. Para los que pedían, para los que reclamaban, para los que nunca estaban cuando ella necesitaba algo. Yo veía cómo la buscaban solo cuando les servía. Cómo la usaban. Y me dolía. Me molestaba. Me daba bronca.

Yo, con pocos años, ya entendía que eso no era amor. Que eso no era familia. Que eso no era justo.

Mientras todos exigían, ella daba. Mientras todos descansaban, ella seguía. Mientras todos miraban hacia otro lado, ella enfrentaba. Y lo más doloroso de todo: muchos de los que más se beneficiaron de su entrega, ni siquiera la miraban con gratitud.

Se acostumbraron a verla fuerte. Se acostumbraron a que resolviera. Se acostumbraron tanto a su presencia, que dejaron de preguntarse cuánto le costaba estar.

Y ahí estaba yo, creciendo entre la admiración y la angustia. Viendo cómo se le iba la vida en silencios. Cómo tragaba lágrimas en soledad para no preocupar a nadie. Cómo la herían sus propios hermanos y aún así los defendía, los justificaba, los cuidaba.

Fue la madre, la hermana, la hija, la enfermera, la que resolvía todo. Pero ¿quién fue para ella? ¿Qué lugar se dejó para sí misma?

Me duele profundamente que haya crecido creyendo que amar es dar hasta desangrarse. Me duele que nadie le haya dicho que también tenía derecho a elegir la calma. Me duele que haya tenido que volverse de piedra para no romperse.

Hoy entiendo que no quiero repetir eso. Que no es amor entregarse entera para que otros vivan tranquilos. Que no es lealtad permitir que te consuman.

Ella merece descansar. Merece decir “no puedo” sin culpa. Merece vivir sin estar en estado de alerta constante. Y aunque ya sea tarde para que el mundo la reconozca, yo sí la veo. Yo sí la abrazo. Yo sí elijo cortar el hilo de dolor que la ató tanto tiempo a sostener a quienes no lo merecían.