No me sorprende que me hayas dado la espalda. Sos igual a ella.
No preguntaste qué pasó.
No buscaste entender.
Preferiste creer lo que te convenía, lo que te hacía sentir cómoda.
Y te alineaste con quien me hizo daño, como si el abuso fuera solo una historia más que se puede discutir en una sobremesa.
Pero no es la primera vez que elegís ese rol.
Siempre supiste cómo hacer silencio cuando más se necesitaba que alguien hablara.
Sobre todo cuando se trata de personas cercanas.
Tenés esa costumbre de minimizar lo grave, de justificar lo injustificable.
De defender lo que, en el fondo, sabés que está mal.
Y como si no alcanzara con eso, también trataste de desdibujar a quienes sí estuvieron para mí.
Con tus comentarios sutiles, con esa forma de hacer parecer que exagerábamos todo,
como si el dolor ajeno fuera sólo una emoción desbordada y no una verdad incómoda.
Sabemos bien lo que intentaste instalar: esa típica estrategia de hacer pasar a alguien por inestable para no tener que enfrentar lo que realmente pasó.
No me afecta que ya no nos saludes.
Nos liberaste del peso de fingir que éramos familia.
Hoy entiendo que no todos merecen un lugar en mi vida,
y que a veces, la mayor protección es el límite.
No espero nada de vos.
Porque ya mostraste quién sos, y eso también fue una lección.
Gracias por alejarte.
Gracias por mostrarnos tu verdadero lugar.