Sé que soy la molestia en este árbol genealógico.
No necesito que me lo digan con palabras, lo siento en el aire, en las miradas esquivas, en los silencios incómodos, en las ausencias que nunca son casuales. Soy esa rama que parece torcida, la que no encaja en la figura perfecta que quieren mostrar. Y sé que por eso se alejan.
Se alejan porque no quieren cargar con mis heridas, porque no soportan enfrentar la verdad que llevo dentro, porque prefieren mirar hacia otro lado antes que aceptar que dentro de esta familia hay dolor, traiciones y un sufrimiento que muchos ignoran o niegan.
Y es que, en esta familia, siempre ha sido más fácil esconder que enfrentar.
Prefieren ocultar los problemas debajo de la alfombra, negar lo que duele, callar lo que escuece, porque enfrentar la verdad significaría romper con la imagen perfecta que quieren proyectar hacia afuera.
Prefieren el silencio cómplice, el disfraz de armonía, antes que mirar de frente las heridas que sangran en lo profundo.
Pero este bullying constante, esas risas disfrazadas de bromas crueles, los comentarios a medias, las miradas cargadas de juicio y desprecio…
Eso fue lo que moldeó mi carácter.
Esa tormenta silenciosa, ese rechazo disfrazado de indiferencia, me dio una personalidad fuerte, una coraza impenetrable que no cualquiera puede atravesar.
Porque aprendí a luchar sola, a no depender de la aprobación que nunca llegó, a buscar mi valor en mí misma cuando otros se lo negaban.
He sufrido en esta familia. He cargado con el peso de los abusos, con el desprecio disfrazado de indiferencia, con el abandono disfrazado de amor. He sentido lo que es ser la excluida, la que nadie quiere mirar de frente, la que se ha sentido sola incluso cuando estaba rodeada.
Y aunque duele, aunque duele más que nada, es esa misma realidad la que me empuja a seguir luchando. Porque no quiero que este árbol genealógico sea solo un símbolo de dolor, sino de resistencia.
Lucho porque sé que merezco ser escuchada, respetada, valorada. Lucho porque quiero sanar, y sé que la sanación no llega desde la negación ni el silencio cómplice. Lucho porque me niego a que el sufrimiento que viví se convierta en mi prisión.
Así que sí, soy la molestia. La rama que no encaja, la voz que no se apaga. Y mientras ellos se alejan, yo sigo aquí, firme, porque sé que mi verdad es real y que mi lucha vale la pena.
Porque al final, más vale ser la molestia que la sombra silenciosa que perpetúa el daño.
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