Por tener epilepsia.
Por ser “distinta”.
Por no ir al ritmo de los demás.
Por no entender igual.
Por quedarme mirando un punto fijo cuando mi mente estaba en mil lugares al mismo tiempo.
Por caminar sola.
Por no encajar.
Por ser, según ellos, “la burra”, “la lenta”, “la rara”.
Lo decían con risas, con sarcasmo, con esa crueldad disfrazada de broma.
Y dolía.
Dios… cómo dolía.
Porque era chica. Porque no entendía por qué todos podían y yo no.
Porque me esforzaba el triple solo para que no me dejaran atrás… y aún así me lo echaban en cara.
Porque me hacían sentir como un error. Como si algo estuviera roto en mí.
Y lo peor: lo decían delante de todos.
Y nadie los detenía.
Al contrario. Se reían con ellos.
Porque en este mundo ser cruel da puntos, y tener empatía es de débiles.
Yo lloraba en silencio.
Me tragaba las lágrimas en el baño.
Me mordía los labios para no gritar de rabia.
Me preguntaba qué carajo hice para merecer tanto desprecio.
Y seguí.
Callada, invisible, golpeada por dentro.
Hasta que un día algo cambió.
Me miré al espejo y decidí dejar de pedir permiso para existir.
No fue fácil.
Pero aprendí a observar.
A mirar desde lejos a todos los que me apuntaban con el dedo.
Y el tiempo… ah, el tiempo pone todo en su sitio.
Uno por uno… cayeron.
No lo celebré.
No me reí.
Pero lo vi.
Lo sentí.
Y me dolió en un lugar extraño.
Porque no les deseé el mal.
Solo hubiera querido que entendieran cuánto dolía.
Pero una en especial…
La que más me ridiculizó.
La que me imitaba cuando tenía crisis.
La que le decía a todos que era una inútil, una carga, una “loca disfrazada de normal”.
Esa…
Cada cosa que me deseó, la vivió en carne propia.
Una a una.
Con la misma intensidad con la que me las gritaba.
Y ahí entendí algo: la vida no olvida.
El universo no se venga.
Solo devuelve lo que das.
Y no, no me alegré.
Me dolió.
Pero también me liberó.
Porque yo, la “lenta”, la “burra”, la que no servía para nada…
Resultó tener un cerebro con altas capacidades intelectual.
Sí.
Altas capacidades intelectuales.
Mi forma de pensar distinta, mi manera de procesar, mi sensibilidad exagerada…
Todo eso que ellos despreciaban era exactamente lo que me hacía única.
Superior, incluso.
No mejor persona.
Pero más consciente.
Más despierta.
Más capaz de ver lo que los demás no notan ni en toda una vida.
Y ahí fue cuando lo entendí todo:
Yo no era menos.
Nunca lo fui.
Ellos eran ciegos.
Y los ciegos se asustan de la luz.
Hoy, si me miran, no me reconocen.
No soy la misma.
No necesito su validación.
No busco encajar.
No quiero sus disculpas.
No me interesa su culpa.
Porque yo ya gané.
Porque sobreviví al infierno que ellos me armaron.
Porque convertí cada burla en fuerza.
Cada lágrima en coraje.
Y cada cicatriz en una prueba de que, a pesar de todo, seguí caminando.
A los que se rieron:
Gracias.
No por el dolor.
Sino porque me enseñaron a no necesitar a nadie para valer.
Y a mí, a esa niña sola en el rincón:
Perdón por haber dudado de tu valor.
Gracias por no rendirte.
Gracias por aguantar lo que nadie debió hacerte pasar.
Ahora lo sé.
No era débil.
Era fuerte antes de saberlo.
Y ahora… soy imparable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario