A mí no me destruye cualquiera.
Y vos, aunque lo intentes con todas tus fuerzas, tampoco vas a poder.
Porque ya lo hiciste antes.
Lo intentaste con palabras disfrazadas, con gestos llenos de veneno, con silencios cargados de intención. Usaste a otros, manipulaste, sembraste dudas, jugaste el juego sucio desde las sombras… y aún así, mírame:
Acá estoy.
Pensaste que con tu desprecio me ibas a apagar.
Pensaste que si lograbas ensuciar mi nombre, iba a quebrarme.
Pensaste que si hablaban mal de mí, si me dejaban sola, si me miraban con desdén, yo iba a caer.
Pero lo que no sabés —o tal vez sí, y por eso tanto odio— es que nací para resistir.
Soy la que se levanta una y otra vez.
Soy la que no se rinde, la que no mendiga amor, la que sigue brillando aunque la quieran cubrir de oscuridad.
Y sí, sé todo.
Sé lo que hacés.
Sé lo que buscás en los lugares donde pensás que nadie te ve.
Sé que buscás ayuda donde se mueve lo denso, lo sucio, lo oculto…
Pero también sé que nada de eso me toca.
Porque lo mío viene de un lugar más alto.
Lo mío es alma limpia, corazón firme y protección verdadera.
Mientras vos revolvés tierra para dañarme, yo siembro para seguir creciendo.
Y por más que intentes lo imposible, hay algo que tenés que entender de una vez:
Conmigo no vas a poder.
No importa cuánto hables, cuántos nombres uses, cuántas veces trates de disfrazar tus acciones.
No importa a quién recurras ni cuánta energía gastes intentando frenarme.
No vas a poder. No ahora. No nunca.
Y cuanto antes lo aceptes, más fácil te va a ser dejar de luchar contra alguien que ya venció todo lo que vos intentás usar en su contra.
Porque yo, aún con el alma herida, sigo de pie.
Porque yo, aún con el camino sucio, sigo avanzando.
Porque yo, aunque me deseen el mal, sigo recibiendo lo bueno.
Y eso… te va a doler siempre.
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